El desayuno de mi mamá, por Mery Bernardi

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Por si no lo sabían, nací y me crié hasta los dieciocho años en un pueblo de Colonia llamado Nueva Helvecia. Chico, de pocos habitantes y muchos jardines. Nosotros vivíamos en una casa preciosa con estufa a leña y un fondo con plantas. Y los inviernos si que eran inviernos. El único método de calefacción era la estufa así que ahí nos reuníamos, cerquita y apretados.

Me acuerdo cuando era chiquita, despertar tempranísimo para ir a la escuela y ver a mamá preparándonos el desayuno. Rigurosamente, todas las mañanas ella se levantaba con su bata calentita y avivaba el fuego de la estufa a leña. Casi siempre nos colgaba la ropa en una silla, bien cerquita del fuego para que al vestirnos, la sintiéramos tibia. 

Mi desayuno favorito era leche con chocolate. Mamá dejaba desde la noche anterior todas las tazas en fila (para mi y mis hermanos) cada una con su cucharita y con el cacao en polvo y el azúcar medidos. Todos creíamos que así adelantábamos algo para la mañana siguiente y de esta forma, podríamos dormir 3 minutitos más. 

Ella? Se hacía un té con leche liviano. Casi sin azúcar. Y mientras nos vestía, controlaba que tomáramos nuestro desayuno. De esas cosas que hacen las madres-pulpo. Vivir, despertar, cuidar, alimentar, mantenernos calentitos y cuidar de ellas mismas. Todo al mismo tiempo. Así somos las madres. Seres poderosos que velamos por el bienestar y la la supervivencia de los nuestros. Protegemos. Mimamos. Cuidamos. Enseñamos y aprendemos continuamente. Las madres de sangre, las no de sangre, las hermanas que actúan como madres, las políticas y las adoptivas. Las que están por serlo y las que intentan y no lo consiguen. 

Todas. SOMOS maravillosas. 

Feliz día ❤️

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